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#HUEVO

Humpty Dumpty cae del muro...

Aunque la rima original no lo explicita en ningún momento, Humpty Dumpty ha sido retratado desde fines del siglo 18 como un huevo antropomórfico. Popular personaje de la literatura infantil, apareció en 1872 en A través del espejo y lo que Alicia encontró allí, de Lewis Carroll, en un memorable capítulo en que el huevo discute cuestiones semánticas y pragmáticas con la protagonista.
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HUMPTY DUMPTY

Capítulo VI de A través del espejo y lo que Alicia encontró allí, de Lewis Carroll 



Sin embargo, lo único que le ocurrió al huevo es que se iba haciendo cada vez mayor y más y más humano: cuando Alicia llegó a unos metros de donde estaba pudo observar que tenía ojos, nariz y boca; y cuando se hubo acercado del todo vio claramente que se trataba nada menos que del mismo Humpty Dumpty. –¡No puede ser nadie más que él! –pensó Alicia. –¡Estoy tan segura como si llevara el nombre escrito por toda la cara!

Tan enorme era aquella cara, que con facilidad habría podido llevar su nombre escrito sobre ella un centenar de veces. Humpty Dumpty estaba sentado con las piernas cruzadas, como si fuera un turco, en lo alto de una pared... pero era tan estrecha que Alicia se asombró de que pudiese mantener el equilibrio sobre ella... y como los ojos los tenía fijos, mirando en la dirección contraria a Alicia, y como todo él estaba ahí sin hacerle el menor caso, pensó que, después de todo, no podía ser más que un pelele.

–¡Es la mismísima imagen de un huevo; –dijo Alicia en voz alta, de pie delante de él y con los brazos preparados para cogerlo en el aire, tan segura estaba de que se iba a caer de un momento a otro.

–¡No te fastidia...! –dijo Humpty Dumpty después de un largo silencio y cuidando de mirar hacia otro lado mientras hablaba; –¡qué lo llamen a uno un huevo...!, ¡es el colmo!

–Sólo dije, señor mío, que usted se parece a un huevo –explicó Alicia muy amablemente– y ya sabe usted que hay huevos que son muy bonitos --añadió esperando que la inconveniencia que habia dicho pudiera pasar incluso por un cumplido.

–¡Hay gente– sentenció Humpty Dumpty mirando hacia otro lado, como de costumbre –que no tiene más sentido que una criatura! Alicia no supo qué contestar a ésto: no se parecía en absoluto a una conversación, pensó, pues no le estaba diciendo nada a ella; de hecho, este último comentario iba evidentemente dirigido a un árbol... así que quedándose donde estaba, recitó suavemente para sí:

Tronaba Humpty Dumpty
desde su alto muro;
mas cayóse un día,
¡y sufrió un gran apuro!
Todos los caballos del Rey,
todos los hombres del Rey,
¡ya nunca más pudieron
a Humpty Dumpty sobre su alto muro
tronando ponerle otra ver!

–Esa última estrofa es demasiado larga para la rima –añadió, casi en voz alta, olvidándose de que Humpty Dumpty podía oírla.

–No te quedes ahi charloteando contigo misma –recriminó Humpty Dumpty, mirándola por primera vez– dime más bien tu nombre y profesión.

–Mi nombre es Alicia, pero...

–¡Vaya nombre más estúpido! –interrumpió Humpty Dumpty con impaciencía. –¿Qué es lo que quiere decir?

–¿Es que acaso un nombre tiene que significar necesariamente algo?–preguntó Alicia, nada convencida.

–¡Pues claro que sí! –replicó Humpty Dumpty soltando una risotada: –El mío significa la forma que tengo... y una forma bien hermosa que se es. Pero con ese nombre que tienes, ¡podrías tener prácticamente cualquier forma!

–¿Por qué está usted sentado aquí fuera tan solo? –dijo Alicia, que no quería meterse en discusiones.

–¡Hombre! Pues por que no hay nadie que esté conmigo –exclamó Humpty Dumpty. –¿Te creiste acaso que no iba a saber responder a eso? Pregunta otra cosa.

–¿No cree usted que estaría más seguro aqui abajo, con los pies sobre la tierra? –continuó Alicia, no por inventar otra adivinanza sino simplemente porque estaba de verdad preocupada por la extraña criatura. –¡Ese muro es tan estrecho!

–¡Pero qué adivinanzas tan tremendamente fáciles que me estás proponiendo! –gruñó Humpty Dumpty. –¡Pues claro que no lo creo! Has de saber que si alguna vez me llegara a caer... lo que no podría en modo alguno suceder... pero caso de que ocurriese... –y al llegar a este punto frunció la boca en un gesto tan solemne y fatuo que Alicia casi no podía contener la risa. –Pues suponiendo que yo llegara a caer –continuó– el Rey me ha prometido..., ¡ah! ¡Puedes palidecer si te pasma! ¡a que no esperabas que fuera a decir una cosa así, eh? Pues el Rey me ha prometido..., por su propia boca..., que..., que... 

–Que enviará a todos sus caballos y a todos sus hombres –interrumpió Alicia, muy poco oportuna.

–¡Vaya! ¡No me faltaba más que esto! –gritó Humpty Dumpty súbitamente muy enfadado. –¡Has estado escuchando tras las puertas..., escondida detrás de los árboles..., por las chimeneas..., o no lo podrias haber sabido!

–¡Desde luego que no! –protestó Alicia, con suavidad. –Es que está escrito en un libro.

–¡Ah, bueno! Es muy posible que estas cosas estén escritas en algún libro –concedió Humpty Dumpty, ya bastante sosegado. –Eso es lo que se llama una Historia de Inglaterra, más bien. Ahora, ¡mírame bien! Contempla a quien ha hablado con un Rey: yo mismo. Bien pudiera ocurrir que nunca vieras a otro como yo; y para que veas que a pesar de eso no se me ha subido a la cabeza, ¡te permito que me estreches la mano!

Y en efecto, se inclinó hacia adelante (y por poco no se cae del muro al hacerlo) y le ofreció a Alicia su mano, mientras la boca se le ensanchaba en una amplia sonrisa que le recorría la cara de oreja a oreja. Alicia le tomó la mano, pero observándolo todo con mucho cuidado: –Si sonriera un poco más pudiera ocurrir que los lados de la boca acabasen uniéndose por detrás –pensó– y entonces, ¡qué no le sucedería a la cabeza! ¡Mucho me temo que se le desprendería!

–Pues sí señor, todos sus caballos y todos sus hombres –continuó impertérrito Humpty Dumpty –me recogerían en un periquete y me volverían aquí de nuevo, ¡así no más! Pero... esta conversación está discurriendo con excesiva rapidez: volvamos a lo penúltimo que dijimos.

–Me temo que ya no recuerdo exactamente de qué se trataba –señaló Alicia, muy cortésmente.

–En ese caso, cortemos por lo sano y a empezar de nuevo –zanjó la cuestión Humpty Dumpty– y ahora me toca a mí escoger el tema... (–Habla como si se tratase de un juego –pensó Alicia)... así que he aquí una pregunta para ti: ¿qué edad me dijiste que tenías?

Alicia hizo un pequeno cálculo y contestó: –Siete años y seis meses.

–¡Te equivocaste! –exclamó Humpty Dumpty, muy ufano. –¡Nunca me dijiste nada semejante!

–Pensé que lo que usted quería preguntarme era más bien «¿qué edad tiene?» –explicó Alicia.

–Si hubiera querido decir eso, lo habría dicho, ¡ea! –replicó Humpty Dumpty.

 

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