hacer

oÍr

ver

#ZORZAL#HONGOS

#PIZARNIK

Correspondencias

Alejandra Pizarnik era una tremendamente asidua escritora de cartas; si bien se destacan algunas como las que intercambió con Julio Cortázar o la tristemente amorosa que le dedicó a Silvina Ocampo un tiempo antes de morir, tal vez las más interesantes sean las que se envió con León Ostrov, quien había sido su psicólogo. Los años de Alejandra en París, algunos más alegres, otros menos, son relatados en las cartas a Ostrov, reunidas y editadas por Eduvim en 2012. Les traemos una de ellas, de 1960.

Tamaño del texto a a a escala de grises

Carta Nº 4


Queridísimo León Ostrov:

Gracias por su carta. Jamás he recibido y bebido palabras con tanta intensidad como las suyas. Justamente la noche anterior me había hecho una orgía de autoconmiseración, de nadie te recuerda y todos te olvidan. Pero desperté y vi su carta. Entonces el enemigo se corrió.
   Lo que sucede es que tengo la maldita manía de comunicar exclusivamente mis angustias. Cuando estoy bien, cuando el ser canta y se encanta de estar en este mundo ancho y alto, no se me da por escribir una carta y decir que tout va bien.
   Me fui de nuevo del hogar familiar. Estoy en una piecita en la Rue des Écoles, que habito gratuitamente aunque no tanto pues debo pasearme dos horas por día con una niñita por el Luxemburg o a veces colaborar en las tareas domésticas en las que ya soy una experta y además no salir de noche varias veces por semana cuando madame et monsieur salen y yo velo por la niñita a la que por otra parte degenero y pervierto pues le dejo hacer y decir todo lo que le prohíben; además dibujamos juntas. Tiene 2 años y medio y ya llegó al arte abstracto. «Haz un perro» le digo. Y hace esto: ( o «haz un caballo» y: \ o «a papá»: ) o «a mamá»: *, etc. De todos modos me tendré que mudar pues me dieron la pieza por un mes solamente. Veremos qué haré y cómo me las arreglaré sin un centavo. Me veo con algunos pintores argentinos: todos angustiados por el dinero. Yo, de mi parte, habito con frenesí la luna: ¿cómo es posible preocuparse por el dinero? Pero me gustaría no enajenar mi tiempo en un trabajo prolongado lo que probablemente tendré que hacer. Pero quiero mi tiempo para mí, para perderlo, para hacer lo de siempre: nada.
   Estoy tratando de hacer o comenzar a hacer un poco de periodismo para La Gaceta de Tucumán. Mi tío Armand no el que me hospeda, pues tengo 2 tíos aquí conoce a Simone de Beauvoir y le dijo que yo le puedo hacer un reportaje. Ayer la llamé por teléfono: fue la sorpresa más grande de mi vida: marco el número y me responde una voz de sirvienta gallega: yo creo haberme equivocado y pregunto de nuevo por Mme. de Beauvoir. «C’est elle qui parle» dice la voz alos gritos. Le murmuré mi nombre y le murmuré lo del reportaje. Me respondía a los gritos, una voz tan rara, tan funcional, tan al mismo tiempo generosa porque se da tanto a pesar de su fealdad e histérica y flexible. Y hacía tanto contraste con mi lentitud, mi gravedad, mi sentarme sobre cada palabra como si fuera una silla. Cuando corté el reportaje se hará tal vez la semana próxima me dio un ataque de risa interminable y me fui a jugar con la niñita que se quedó absolutamente sorprendida de mi euforia, de verme tan animosa y deseosa de jugar. No dejé de pensar en esa voz durante todo el día, no sé por qué la asociaba con el abismo que existe entre la poesía y la vida, entre un gran poeta que en general vive como un oficinista y un ser que hace un poema de su vida pero que no puede escribir poemas. Pensé si no habrá que elegir: orden, método, trabajo fecundo, existencia mesurada, estudiosa: entonces se escriben grandes poemas y grandes novelas, o lo otro: un sumergirse en la vida, en el caos de que está hecha, en las aventuras «oh la vida de aventuras que cuentan los libros para niños ¿me la darás a cambio de todo lo que he sufrido?» (cito y deformo de memoria). En suma, ¿cómo vivir?
   Lo que me dice del problema con mi madre es más que cierto. Aquí en París me surgieron recuerdos de cosas viejas, que creí sepultadas para siempre: rostros, sucesos, etc. Los anoté y traté de analizarlos seriamente. Pero lo que me interesa es haber descubierto que no conozco el rostro de mi madre (yo, que tengo una memoria excepcional para los rostros) sino que lo veo en la niebla, esfumado, como el negativo de una foto. Conscientemente, no la extraño. No sé qué decirle en mis cartas ni tengo ganas de decirle nada. Ella me envía tres o cuatro frases convencionales y muchos abrazos. Posiblemente no me importaría no verla nunca. Pero no confío en estas afirmaciones. He pensado en el análisis. En Buenos Aires lo había descartado de mis proyectos. Pero aquí me asalta y me invade muchas veces la evidencia de mi enfermedad, de mi herida. Una noche fue tan fuerte mi temor a enloquecer, fue tan terrible, que me arrodillé y recé y pedí que no me exiliaran de este mundo que odio, que no me cegaran a lo que no quiero ver, que no me lleven adonde siempre quise ir. Pero para hacerme el psicoanálisis necesito ir a Buenos Aires. Y no sé aún si deseo volver o no. Creo que mis angustias en París provenían del brusco cambio de vida: yo, que soy tan posesiva me veo aquí sin nada: sin una pieza, sin libros, sin amigos, sin dinero, etc. Mi felicidad más grande es mirar cuadros: lo he descubierto. Sólo con ellos pierdo conciencia del tiempo y del espacio y entro en un estado casi de éxtasis. Me enamoré de los pintores flamencos y alemanes (particularmente Memling por sus ángeles), de Paolo Uccello, de Leonardo (La virgen, el niño y Sta. Ana ¡por supuesto! que me arrastró a una larga y absurda interpretación sexual, aunque en verdad no hay qué interpretar pues todo está allí). Y naturalmente Klee, Kandinsky, Miró y Chagall (los preferidos, por ahora).
   Me parece muy bien que se haya llevado un balde del de Flore. Yo, por ahora, me porto juiciosamente: sólo unos pocos libros. Pero si me tuviera que llevar algo sería la fachada de una casa desmoronada de un pueblito llamado Fontenay-Aux-Roses, cuya estación de ferrocarrilestá llena de rosas. Las ventanas de esa casa tienen los vidrios de color lila, pero de un lila tan mágico, tan como los sueños hermosos, que me pregunto si no terminaré penetrando en la casa. Tal vez, siento, me reciba una voz: «Hace tanto que te esperaba». Y yo ya no tendré que buscar más.
   Hago se hacen algunos poemas. Cuando los corrija le enviaré algo. Sigo dibujando pequeños monstruos. Y leo al «perro de Lautréamont». Escribo minuciosamente mi diario. Y envejezco. Cumplí años y soñé que me decían: «el tiempo pasa». Pero no lo creo. Quevedo tampoco lo creía: «miro el tiempo que pasa y no le creo» (cito de memoria). Mi único ruego constante es que no me abandone la fe en algunos valores espirituales (poesía, pintura). Cuando me deja temporariamente viene la locura, el mundo se vacía y rechina como una pareja de robots copulando.
   Le buscaré las revistas y todo lo que necesite o -y- llegara a necesitar. Abrazos para usted y para Aglae,

Alejandra

Numero las cartas para nuestros futuros biógrafos.

tener

leer

Una idea de Galerama desarrollada junto a Con Amor