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Alejo Estebecorena por los cielos patagónicos

Con tanta montaña majestuosa y lago celestino, la Patagonia argentina pide a gritos que se la mire desde arriba. Es por eso que Alejo Estebecorena, diseñador industrial y docente, se le animó a la aventura tanto desde el centro de control como desde el planeador mismo. Aquí, su experiencia volando por Bariloche sin motor.

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BITÁCORA DEL SEGUNDO ENCUENTRO EN LA PATAGONIA

Por Alejo Estebecorena

 

Volamos sobre el Cerro Villegas. Llenos de misterio vamos avanzando, develando, encontrándonos. A cada paso se va sumando gente nueva a la aventura, nuevos amigos del vuelo a vela con los que compartimos problemas y buscamos soluciones. El cerro observa y nos espera. Mientras, vamos saliendo de a pares en los nobles biplazas y sumamos horas allí arriba.

Las noches son para comer y beber pero por sobre todo para conversar. ¿De qué? De lo único que nos importa en estos días: el vuelo a vela en la montaña, que nos absorbe y absorbemos. Nos vamos a dormir un poco confundidos entre excelentes truchas y buen vino. Los días van pasando y nos aquerenciamos. El control de la torre del aeropuerto de Bariloche pasó de ser un misterio a una compañía de vuelo. A medida que vamos tomando altura, allá vamos.

Werner y Matías engancharon la onda y se fueron para arriba: mientras tanto, en la cabecera de la pista y dentro del motor home, comemos hamburguesas y los escuchamos por la radio. Piden permiso a la torre y se van a volar sobre las nubes, entre las lenticulares, arriba de los Andes. Cada vez hay más amigos en el motor home, desde jóvenes aprendices hasta eximios veteranos, compartiendo cuentos, chanzas y mentiras. Cada uno de ellos llena de vida al club con sus despegues y aterrizajes. Una vez volamos con Werner hacia el Gutiérrez. A lo alto, no tan lejos, divisamos un cóndor y le robamos el mejor ascenso. De repente, se nos abrieron los cordones en la distancia, se divisaron el Nahuel Huapi y los picos del Catedral y el Mascardi.


Finalmente, un día se me dio: salí sin muchas expectativas a volar y, luego de tomar altura en la cumbre, encaré para el submarino bordeando las nubes. Nada. Volví para tomar altura tres o cuatro veces hasta que en el cuarto intento, en el barlovento de un cúmulo de nubes medio retorcido, tomé su dinámica y me metí en el ascenso de la onda. No puedo explicar lo que es volar sobre las nubes sin motor. La experiencia es fascinante. Luego de un poco de turbulencia inicial, el viaje es más calmo que el día más laminar en las pampas. ¡Lo único malo es que en algún momento hay que bajar! Sin perder de vista el club, bajo a las nubes e inicio el descenso.

En la última noche, festejamos con nuevos pilotos de acá y de allá. Hicimos un asado en el que, en lugar de hablar de lo que nos había pasado, proyectamos el próximo viaje: más al sur nos esperan nuevas dinámicas, ondas y paisajes.


 

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