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Una charla con María Jaunarena

Economista con tintes de actriz, fanática de la pintura, abocada a la dirección teatral y al vestuario, María Jaunarena trabaja en la creación de los ropajes que en septiembre darán vida a los personajes de la ópera Turandot en el teatro Avenida. En su taller, rodeados de botones, telas, sombreros y maniquíes, hablamos largo y tendido.

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TEXTO: Valentina Sarsur
FOTOS: Martín Castillo

¿Cómo recordás tu infancia?
Agitada. Mi mamá, Ana D’Anna, siempre trabajó en la música y el teatro; escribía, cantaba y, como estuvo metida en la campaña de Alfonsín, la acompañé a muchos eventos políticos. Más tarde empezó a hacer teatro para chicos, grabó dos discos e incursionó en el mundo de la ópera, así que un poco de los pelos me trajo hasta acá. Mi viejo también se dedicó a la política y toda la vuelta de la democracia fue de momentos álgidos: tengo recuerdos muy lindos y otros, no tanto.

¿Qué camino recorriste para estar acá, ahora?

Mi primera conexión con el teatro fue a través de mi madre, pero después estudié mucho: con Augusto Fernández, con Helena Tritek... caí en el mundo del vestuario por medio de la pintura, que siempre me gustó muchísimo. Estudié con Helena Visnia, que fue una gran pintora y la vestuarista de Augusto Fernández; también me preparé con Ponchi Morpurgo y en la escuela de Guillermo Roux, con Anna Rank, con Teresa Durmuller y con Marina Curci.

Y estás incursionando en la escritura...

¡Sí! Ahora tengo la posibilidad de adaptar óperas para chicos y de crear mis propios libretos, lo que significa un desafío porque tengo que mechar sílabas dentro de la métrica musical y lo que escribo debe rimar. La escritura es una forma de arte que está plasmada en la ópera, acompaña la potencia que tiene la música.

¿Qué es lo que más te atrae de la ópera?
El hecho de que sea teatro cantado. Me fascina la capacidad que tiene la música de conectarse con una persona, independientemente del lenguaje en el que haya sido escrita. Es, sin duda, el idioma universal; más allá de las nacionalidades o del background cultural, tiene un poder infinito. Como espectáculo, la ópera cuenta con el plus de la escritura y el teatro, de la magia que se presenta arriba del escenario, que nos atrapa a todos con una historia y de pronto desaparece. Me apasiona el arte efímero, esa conexión que se presenta entre actor y espectador, esa suerte de juego en el que las reglas se acuerdan y aparece el sentimiento de creerse lo que está sucediendo.

¿Cómo decidiste que querías ser vestuarista?

Además de la pintura, como decía antes, Helena Visnia también influyó mucho. Debuté con La Traviata en 2004 y a partir de ahí se me abrió un mundo. Ahora tengo muchas óperas en mi haber y es increíble.

¿Cuál es la importancia del vestuario en la ópera?

Es fundamental porque ayuda al espectador a entender; un personaje que usa taco aguja no es igual a uno que usa chatitas, y uno que se desabrocha la camisa se diferencia de uno que se tapa. El vestuario ayuda a interpretar una obra o, por lo menos, a entender por dónde quiere el director que el espectador haga su viaje y deje volar su imaginación. 

“El vestuario ayuda a interpretar una obra o, por lo menos, a entender por dónde quiere el director que el espectador haga su viaje y deje volar su imaginación”.


¿Qué elemento resulta clave a la hora de transmitir emociones?
El color tiene un poder enorme a la hora de transmitir emociones; su elección para cada personaje y para la puesta, en su totalidad, no es inocente. Entonces, es importante tomar las decisiones correctas y para eso hay que tener en cuenta la escenografía, la época en la que se sitúa la obra y la estación del año en que se desarrolla. Es trascendental también partir de la masa coral: cada ópera cuenta con un coro de entre 40 y 50 personas y en esa especie de multitud que se va moviendo –y, al moverse, va componiendo los cuadros– no pueden estar todos uniformados (a menos que estemos hablando de un ejército, por ejemplo). Entonces, debo recortar y destacar a los personajes principales y ese recorte pasa en gran parte por el color.

Teniendo en cuenta la distancia entre el escenario y los espectadores, ¿cuán definitorios son los detalles del vestuario?

No mucho... En ópera hay por lo menos 10 metros entre el cantante y la primera fila de butacas. Hay detalles que existen porque hacen al vestuario, pero quizá son imperceptibles.

¿Cómo evolucionó el vestuario desde que empezaste hasta ahora?

Si bien hay una tendencia a aggiornar la ópera y hacer puestas más contemporáneas de mitos antiguos, todavía hay muchos directores que apuestan por lo tradicional.

Como directora y vestuarista, ¿de qué lado estás?
El año pasado dirigí Orfeo, el mito del griego que pierde a su mujer y los dioses le permiten recuperarla en el reino de los muertos con la condición de que no mire hacia atrás en el camino de vuelta. En ese caso, situé la obra en la actualidad porque me pareció que el protagonista podía ser tranquilamente un músico demasiado enamorado de su arte, que se olvidaba de su mujer. Empieza con él en un concierto y ella teniendo un accidente de auto, con una primera escena en el shock room de un hospital cuando tratan de revivirla y no pueden; su viaje para intentar recuperarla y asirla en sus recuerdos es interno. Como en la historia original, para llegar a ella debe pasar primero por el infierno (el hospital) y luego por el paraíso (sus recuerdos). El vestuario, en ese caso, fue similar a la ropa que se usaba en la década del 60.

En la ópera Turandot, ¿cuál es tu labor?
Soy directora ejecutiva de Juventus Lyrica y me ocupo del diseño de vestuario. Trabajo con un equipo que confecciona las prendas; Norma Chain es mi principal realizadora de vestuario femenino y Cecilia Diéguez, mi asistente. No podría trabajar sin ellas. El vestuario de ópera requiere una fabricación muy específica y no cualquier modista moderna, sastre o sombrerero sabe confeccionarlo.

¿Qué es lo que más disfrutás de tu trabajo?
Me gusta ir armando las paletas y trabajar con las telas. Siempre parto del material y tengo la mochila repleta de retacitos ridículos que a la hora de crear van modificando lo que había pensado. Disfruto mucho de ese proceso. Cambio bastante sobre la marcha y creo que el espectáculo exige decisiones de cirugía mayor a último minuto. A veces los que trabajan conmigo me padecen, pero creo que si nos atamos a la idea inicial estamos muertos. También trabajo mucho en función de lo que me sugiere el equipo.

¿Cuál fue la ópera en la que más te gustó involucrarte?
Orfeo y Eurídice fue una. También disfruté haciendo el vestuario de Carmen, La Bohème y Cuentos de Hoffmann; las terminé y pensé “¡eso estuvo bien!”. Y no puedo dejar de mencionar los infantiles, que me encantan sobre todo por los chicos, que son un público virgen, sin protocolo, que sólo aplaude cuando está feliz; tener la posibilidad de hacer ese tipo de obras me parece alucinante.

¿En qué ópera te gustaría poder trabajar algún día?
Me gustaría volver a trabajar en alguna de Gluck; las de Mozart son siempre un desafío y me encantan todas las que tratan mitos griegos. Desearía también adaptar muchas óperas para chicos porque estoy segura de que lo que uno vivió de niño hace que en la adultez elija o no ciertas cosas, y aquellos que noconsumieron teatro u ópera en la infancia, de grandes tal vez experimentan un poco más de miedo.

¿Algo positivo y algo negativo de tu oficio?

Lo positivo es que es un trabajo creativo y que cambia constantemente; me resulta enriquecedor el hecho de que cada propuesta represente un desafío. Por otro lado, implica mucha investigación: ver fotos y pinturas, decidir por qué lado vas, concretar, ver cómo quedó el traje... Apreciar el producto final sobre el escenario es alucinante. Lo negativo pasa porque trabajás siempre contrarreloj; la fecha de estreno nunca se posterga y de pronto hay mucha gente involucrada y todos tienen sus pequeños incendios. Puede ser súperestresante.

¿Cuál es el error más grande que puede cometer un vestuarista?

Debería darte una respuesta como que los pantalones no tengan el largoadecuado, pero para mí el peor error es ponerse delante de la obra, vestir a los personajes de manera tal que distraigan al espectador en vez de colaborar en la comprensión de la historia. El vestuarista tiene que ser un vehículo para facilitar el enganche del público. 



María Jaunarena probando las medidas de uno de los vestidos de Turandot.

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