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Para los árboles

Copudos y copados, nos llenan de verde, limpian el aire, refrescan las calles y, hechos leña, hasta asan carne. Aquí, a modo de homenaje, un repaso por algunos árboles típicos de Uruguay que comparten su magia sin pedir nada a cambio.  

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TEXTO: Nicole Hervás
 

Ombú

Entre tantos versos dedicados al majestuoso ombú, recordamos con cariño las palabras que el montevideano Fernán Silva Valdés escribió en 1925: “Copudo, sombrío, verde y casi siempre solo / Arriba, anidan los pájaros / Abajo, anidan los hombres / Tú le das una rama para su nido / Tú le das un reparo para su rancho / Y ellos en cambio alegran tu tristeza / haciendo nacer en ti la madrugada”. Cinco años más tarde, el poeta y dramaturgo se inspiró en otra especie americana para escribir el tango “Clavel del aire”, junto a Juan de Dios Filiberto.

Ceibo

De su copa brota la flor nacional de Argentina y de Uruguay, por lo que sus chispazos rojos son bien conocidos en ambas orillas del Río de la Plata. Sin embargo, pocos saben que en el este del país oriental hay una nueva variedad floreciendo de manera silvestre desde hace algunas décadas: el ceibo blanco. Como muchos otros seres vivos, esta especie –dada a conocer en 1961 por el botánico y horticultor Atilio Lombardo– se sintió a gusto en Uruguay y se expandió rápidamente, sumándose al reducido grupo de flora endémica del país.

Pindó

Plantadas con delicadeza una al lado de la otra o dispersas en los campos fértiles, estas palmeras –que pueden alcanzar los 25 metros de altura– suelen verse desde las rutas rurales que atraviesan Uruguay. Martín Dobrizhoffer, misionero austríaco que vivió en la región a mediados del siglo XVIII, registró en sus escritos el uso que el pueblo guaraní hacía de este árbol: “Ellos abaten unos cuantos, y de los troncos blandos y esponjosos construyen rápidamente una choza que cubren con hojas de palmera, tejiendo sus hojas de derecha a izquierda. La lluvia puede caer en mayor cantidad pero ni una sola gota pasará a través de ese techo”.

Árbol de Artigas

El 5 de septiembre de 1820, el general José de Artigas cruzó el río Paraná en dirección a Paraguay, donde pasó, exiliado, las últimas décadas de su vida. Cuenta la historia que, en la villa que el gobierno de aquel país le cedió en Asunción, el Protector de los Pueblos Libres plantó un ejemplar de esta especie y, bajo su sombra, pasaba sus tardes mateando y recordando su patria. El nombre original del árbol, Yvyrá Pytá, es de origen guaraní y significa “palo colorado”, ya que su madera, una vez cortada, se oxida en contacto con el aire y adquiere ese color.

Eucalipto

Es uno de los árboles que más abundan en Uruguay, gracias a las grandes plantaciones que se realizaron 100 años atrás con el objetivo de proporcionar sombra y abrigo al ganado, y generar madera para hacer cercas y leña. Entre las más de 600 especies que existen, la que más se encuentra en estas tierras es?la Globulus, seguida por?la Camaldulensis?y?la Tereticornis. Además de sus conocidas propiedades medicinales para tratar enfermedades respiratorias, los eucaliptos desfavorecen la proliferación de mosquitos e insectos, ya que absorben mucha agua y reducen los niveles de humedad.

Francisco Álvarez

Cuenta la leyenda que, por avatares del destino, el correntino Francisco Álvarez pasaba sus días escapando de la policía. Para subsistir en su condición de prófugo, robaba a los ricos y –Robin Hood nativo– repartía parte del botín entre la paisanada pobre, consiguiendo a cambio asilo donde fuera. Una vez, en plena huida de la ley, el hombre se escondió en un hueco que encontró en el tronco de un árbol corpulento. Después de días de búsqueda infructuosa, los perseguidores se amilanaron y abandonaron la pesquisa. Fue entonces que el árbol tomó el nombre de Francisco Álvarez y se convirtió en un símbolo de protección para los pobres.

Aguaribay

Estoico en rutas, avenidas, parques y jardines, el Aguaribay –en guaraní, “fruto del zorro”– es uno de los árboles más populares de Uruguay. ¿Por qué? Por su imponente belleza y su fácil mantenimiento, pero también por sus múltiples usos. La medicina tradicional les atribuye a su corteza y su resina propiedades tónicas, antiespasmódicas y cicatrizantes. Por su parte, las hojas hervidas sirven como analgésico y antiinflamatorio, y la semilla se utiliza como sucedánea de la pimienta por su picor y aroma muy particular.

Algarrobo

"Algarrobo, algarrobal / Qué gusto me dan tus ramas / Cuando empiezan a brotar / Señal que viene llegando / El tiempo de carnaval / Algarrobo, algarrobal / La vidala por la noche / Sale a cantar y a llorar / Con el tambor de la luna / Y el amor del carnaval / Algarrobo, algarrobal / Cuando cantan los coyuyos / Me dan ganas de llorar / De puro gusto, mi vida / Porque llega el carnaval”. Las palabras son del catamarqueño Juan Oscar Ponferrada; la voz que mejor las interpretó, de la formidable Mercedes Sosa.

Acacia

También llamada espinillo o aromo, esta planta pulula en toda la región, tanto en Argentina y Uruguay como en Bolivia, Chile, Paraguay y sur de Brasil. Por su altura, que no supera los 6 metros, es considerada un árbol pequeño o –para los más exigentes– un arbusto. Muy popular en tierras charrúas, sus flores amarillas engalanan los médanos cada año, apenas termina el invierno. La esencia de acacia suele usarse en perfumes florales, ya que marida de forma exquisita con notas de rosa y clavel.

Rhus

“Un árbol que puede traer muchos problemas”, dicen por ahí. Semejante acusación se debe al urushiol, un principio activo propio de esta especie, que suele generar rush cutáneo. Al entrar en contacto con la piel, la resina produce una irritación que puede transmitirse a otras partes del cuerpo e incluso a otras personas con solo tocarlas. Pero no todas son malas: el rhus es también un árbol hermoso cuyas hojas caedizas, en otoño, toman un color rojo intenso que invita a mirarlas embelesados. De lejos, eso sí.

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